A las cuatro de la madrugada se vio, una semana más, pensando solo en él. Había conocido suficientes hombres como para saber que él tenía esa esencia que la volvía loca, y que deseaba disfrutar hasta el final de sus días. O al menos era lo que sentía en su presente. En un nuevo «aquí y ahora» renovado, más consciente, más abierto… Y lleno de nuevos anhelos y esperanzas, que hacían que su mente estuviera calmada y consiguiera que cada neurona recibiera su dosis de aire fresco y renovado.
A las cuatro de la madrugada se vio presa de la felicidad. De la felicidad de saber que no estaba sola, en su cama no había nadie, sin embargo él la acompañaba. Llevaba días durmiendo junto a ella, acariciándola, amándola mientras ella revolotea entre sus sábanas sin saber muy bien qué pasaba. Había estado tantos meses, (años diría ella), sola, que no lograba entender esa compañía invisible y tan poco tangible. Sin embargo no le importaba no saber que explicación darle a aquello, no le incumbía a ella descifrar el enigma, tan solo quería seguir disfrutando de su grata compañía.
A las cuatro de la madrugada por fin, después de meses, no se sentía sola… .
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