A las cuatro de la madrugada se despertó. Era su hora, esperaba un WhatsApp de «he llegado bien» que nunca llegó. Sin embargo algo hizo que se despertara todos las noches a esa hora. Era como un ritual que casi siempre le gustaba porque lo pensaba, lo añoraba, olía y hasta sentía, sin que él estuviera rozando las mismas sábanas. Tan solo tenía que recodar esos días en que a mitad de noche se acariciaban y bastaba un leve toque de sus meñiques para saberse queridos y amados y empezar una nueva batalla de besos, caricias, sudores y amores.
A las cuatro de la madrugada se despertó. Sola. Un día más, sin saber cómo salir de aquel atolladero de emociones encontradas y fallidas. Sin saber qué hacer con «eso» que le oprimía hasta la más última caverna de sus pulmones y hacía que el aire no entrara, circulara o tan siquiera calmara, al menos durante el breve instante que su mente era lúcida para coger una bocanada y poder así continuar.
A las cuatro de la madrugada…
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